domingo, 4 de octubre de 2009

En el momento en que se cerró la puerta con un ruido sordo fue como si de repente la invadiera una ola de dolor. Y justo entonces comprendió que no volvería. Notó que le temblaban las piernas, como hojas mecidas por el viento. Sin darse cuenta estaba tendida sobre las baldosas de la cocina, su frialdad era tranquilizadora. Notaba punzadas en el pecho. Sabía la verdad, lo entendía, pero aún así no alcanzaba a levantarme, a pensar. Era como si fuera una marioneta de madera sin hilos, tumbada en el suelo, con la mirada perdida en algún punto de aquella infernal cocina que jamás había usado, con la que jamás había cocinado nada que llevarme a la boca. No sabía si el dolor que ahora me revolvía las tripas era el hambre de días sin comer o el ardor de comprender que, por primera vez estaba sola de verdad. Siempre había temido a la soledad, era una impotencia ensordecedora que la transportaba a una dimensión oscura de materia gris.

Se levantó con esfuerzo con la ayuda de sus bracitos delgados como ramas de un árbol en invierno y se tambaleó un poco.
Se acercó al dormitorio y cogió el álbum de fotos en el que llevaba años almacenando instantáneas de polaroid. Al abrirlo vio una foto junto a él, aquella joven imagen de los dos, de unos diez años atrás. Jamás se había vuelto a poner ese jersey color vino tinto.

Solo al observar la tez pálida de él comprendió que, junto a ellos, todo había terminado. No le quedaba nada más en aquel mundo. Hacía años que ni siquiera se tenía a sí misma, des del fatídico día en que decidió alejarse del mundo tan solo junto a él. Se alejó de la caja i cogió las llaves del coche de la mesilla. Se metió dentro del viejo Ford i condujo hasta las afueras de la ciudad, donde solía ir a pensar, paseando por un parque verde al que solo iban viejos y niños, cruzado por un río profundo.

Aparcó y se apeó del vehículo. Caminó hasta el río, feroz y salvaje. Sabía que jamás había sido capaz de aprender a nadar. Sumergió las piernas hasta las rodillas, el agua la arrastraba cauce abajo. Lentamente se dejó llevar y, al cabo de unos minutos si poder apearse, se hundió finalmente en aquellas aguas oscuras y frías.



by: Amelie Laugsap